jueves, 14 de noviembre de 2013

HÁBITAT




Doblé la esquina y me encontré de lleno con aquella calle que años atrás me parecía interminable. Mi calle. Aquella que había recorrido de arriba a abajo durante varias décadas y aquella que me había hecho volver hoy por última vez.
En ese momento mi paso se ralentizó para poder recordar y visualizar con mayor detenimiento todos los momentos vividos en ella. Me transporté cincuenta años atrás y me vi correteando y jugando con mis pantalones grises cortos y con un polo de cuello cisne. Los vecinos paseaban y hacían corrillos, o bien en medio de la calle o bien apretujados en un banco, que si bien era para tres personas, acababan sentándose cuatro. Hablaban del tiempo, de la cosecha que tendrían  que recoger dentro de un mes, de la subida del pan, del hijo de ‘la flauta’, que se había ido a Madrid  para estudiar, o simplemente se daban entre unos y otros el saludo cotidiano y cordial de los ‘buenos días fulanito, buenos días menganito’, mientras paseaban continuamente calle arriba calle abajo.
Pero hoy había silencio, ni vecinos saludando, ni vecinos sentados. Lo primero que vi fue una ventana con los cristales rotos y las rejas forzadas. La puerta estaba cerrada y apuntalada con dos maderas cruzadas desde hacía veinte años; allí tenía la tienda el zapatero que me saludaba todas las mañanas cuando iba a la escuela. Crucé la calle exactamente como lo hacía cada sábado cuando mi madre me mandaba a comprar el pan: me gustaba pasar por esa parte de la calle porque desprendía gran cantidad de olores. En primer lugar me vino a la mente la fragancia de las flores multicolores que adornaban varias macetas en el alféizar de una ventana, cada estación del año olía diferente: albahaca, menta, claveles, jazmines, alhelíes… Ahora ya no había ni macetas ni por supuesto olores, el alféizar estaba lleno de porquería acumulada e incluso le salían algunos hierbajos por las grietas que se habían formado. Después de esa ventana tan alegre, perfumada y colorida que recordaba,  me encontré con la que siempre tenía las ventanas abiertas de par en par.
Me gustaba el olor a comida que salía a través de ellas; olor a cocido, a salsas, a postres caseros, etc. Pero esta vez no pude adivinar lo que tendrían para comer puesto que estaban cerradas a cal y canto. Seguí caminando y recordando. Por último estaba la panadería, el olor a pan recién hecho embriagaba el resto de la calle y a todo el pueblo. En mi pensamiento estaban  las largas colas que allí se formaban y que salían afuera de la tienda. Mientras esperaba mi turno sacaba las canicas del bolsillo y jugaba en el suelo con algún niño que también esperaba aburrido como yo.  Recuerdo que siempre venía alguna señora, de esas que apretando efusivamente mis mejillas, me revolvían el pelo al tiempo que decían ‘ay Joaquín, que grande te estás haciendo’. Ese momento no me gustaba nada porque, o bien me arañaban la cara con las uñas, o bien despeinaban la raya que a mi madre tanto le había costado trazar con colonia para que me quedase bien marcada a un lado.
Ya no existía nada de nuestra panadería. Me encontré con una persiana y un cartel en el que se leía: Se traspasa. Todavía conservaba el cartel de ‘Panadería La Espiga’ y el único olor que me brindó aquel establecimiento cuando pasé por su lado fue a cerrado y a humedad.
El final de la calle daba a la plaza del pueblo; tenía una fuente y varios bancos flanqueados por frondosos árboles que daban buena sombra y cobijo en verano y a los cuales todos los chavales del pueblo habíamos trepado en algún momento de nuestra vida. La iglesia era la protagonista de la plaza y durante muchos años lo fue de todo el pueblo, puesto que sus campanas a parte de marcar puntualmente todas las horas del día, avisaban de los acontecimientos más relevantes del mismo. Si sonaba una y lo hacía muy lentamente, es que había fallecido algún vecino. Si repicaban las pequeñas alegremente correspondía a un bautizo y los chavales del pueblo jugábamos a adivinar si al que bautizaban era niño o niña. Esto se debía a la influenza de la novela de Ramón J. Sender ‘Réquiem por un campesino español’, a la cual nuestro maestro tenía un especial cariño, pues continuamente nos hablaba de ella comparando nuestras vidas con las que acontecían en la novela.
Eché un último vistazo a la iglesia porque ya no era como la recordaba. Estaba abandonada como todo el pueblo, tenía el techo hundido, las puertas cerradas y un reloj que marcaba permanentemente las cinco, quién sabe si de la mañana o de la tarde. Las manecillas de este dejaron de funcionar cuando el último de sus feligreses marchó del pueblo a otro lugar.
Ahí se acababa todo, tras la plaza ya no había asfalto, la maleza y los arbustos salvajes y agrestes daban paso a grandes prados de trigo, de girasoles y del cereal que aquel año habían cosechado. El olor a campo que tenía impregnado en la mente no había cambiado. Ese, me quedó sellado para siempre.
Eran las cuatro de la tarde, hacía un calor sofocante y me encontraba solo en el pueblo. Un pueblo que tuvo vida y que ahora estaba en ruinas. Un pueblo que había sido protagonista del éxodo de sus habitantes.
 Cuando un hábitat es abandonado por sus habitantes, la naturaleza se encarga de llenarlo paulatinamente con una vegetación salvaje y desordenada que sale por los rincones más inverosímiles. Y esto es lo que había ocurrido con mi pueblo.
Me secaba el sudor de la frente con un pañuelo de papel que se deshacía a trocitos por mi cara porque no era muy resistente a la humedad. Retrocedí de la plaza a la calle principal. A mi calle. Entré en el zaguán y ahí estaba el viejo portón, el cual todavía conservaba la aldaba doraba que tanto me gustaba golpear cuando era pequeño para que me abrieran. Y no entré. Y me quedé pensando si lo que estaba a punto de hacer sería lo correcto.

Después de unos segundos cerré ese portón, el de mi casa. Había vuelto para desalojarla y cerrarla para siempre, pero no pude; ya no había ni nada ni nadie que me uniera a mi querido pueblo. Yo no iba a abandonarlo… y mis recuerdos tampoco.